January 23, 2024

Fragilidad en el adulto mayor

La fragilidad en el adulto mayor es un síndrome que se caracteriza por una disminución de la capacidad de adaptación. Paz Mental está para ayudarte.
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La fragilidad es un problema de salud pública que afecta a una gran proporción de la población mayor de 65 años y que tiene un alto impacto en la calidad de vida de los afectados y de sus cuidadores.

La fragilidad en el adulto mayor es un síndrome que se caracteriza por una disminución de la capacidad de adaptación y de resistencia a los estresores, lo que aumenta el riesgo de sufrir dependencia funcional, enfermedades crónicas, hospitalizaciones y muerte. 

La fragilidad es un problema de salud pública que afecta a una gran proporción de la población mayor de 65 años y que tiene un alto impacto en la calidad de vida de los afectados y de sus cuidadores. 

¿Qué es la fragilidad en el adulto mayor y cómo se diagnostica?

La fragilidad en el adulto mayor es un estado de vulnerabilidad que se produce por una pérdida progresiva de la reserva fisiológica y de la homeostasis de los diferentes sistemas orgánicos, lo que reduce la capacidad de respuesta ante situaciones de estrés, como infecciones, traumatismos, cirugías o cambios ambientales. La fragilidad se considera un proceso dinámico y reversible, que se sitúa entre el envejecimiento normal y la dependencia funcional.

El diagnóstico de la fragilidad en el adulto mayor se basa en la evaluación de una serie de criterios clínicos, funcionales y biológicos, que permiten clasificar a los adultos mayores en tres categorías: no frágiles, prefrágiles y frágiles. Existen diferentes modelos y escalas para medir la fragilidad, pero uno de los más utilizados y validados es el propuesto por Fried y colaboradores, que se basa en la presencia de cinco criterios:

  • Pérdida de peso involuntaria de más de 4,5 kg en el último año.
  • Debilidad muscular, medida por la fuerza de prensión de la mano.
  • Lentitud al caminar, medida por el tiempo que se tarda en recorrer 4,5 metros.
  • Bajo nivel de actividad física, medida por el gasto calórico semanal.
  • Agotamiento o fatiga, valorado por dos preguntas del cuestionario de depresión de Center for Epidemiologic Studies.

Según el número de criterios que se cumplan, se considera que el adulto mayor es:

  • No frágil, si no cumple ningún criterio.
  • Prefrágil, si cumple uno o dos criterios.
  • Frágil, si cumple tres o más criterios.

¿Qué factores influyen en la fragilidad en el adulto mayor?

La fragilidad en el adulto mayor es el resultado de la interacción de múltiples factores, que pueden ser de tipo genético, ambiental, social, psicológico o clínico. Algunos de estos factores son:

  • La edad avanzada, que se asocia con una mayor prevalencia de la fragilidad, especialmente a partir de los 80 años.
  • El sexo femenino, que se asocia con una mayor incidencia y severidad de la fragilidad, debido a factores hormonales, nutricionales, culturales y de acceso a los servicios de salud.
  • El nivel socioeconómico bajo, que se asocia con una mayor exposición a factores de riesgo, como la pobreza, la desnutrición, la falta de educación, la exclusión social, la violencia o la inseguridad.
  • El estilo de vida, que incluye hábitos como la alimentación, el ejercicio, el tabaquismo, el alcoholismo, el consumo de drogas o el sueño, que pueden influir positiva o negativamente en la salud y la funcionalidad de los adultos mayores.
  • Las enfermedades crónicas, que pueden provocar inflamación, estrés oxidativo, sarcopenia, osteoporosis, anemia, deterioro cognitivo, depresión, incontinencia, caídas o polifarmacia, que son factores que contribuyen a la fragilidad.
  • Los medicamentos, que pueden tener efectos adversos, interacciones o contraindicaciones, que pueden afectar el estado nutricional, el equilibrio, la cognición, el ánimo o la función renal de los adultos mayores.

¿Qué consecuencias tiene la fragilidad en el adulto mayor y cómo se puede prevenir?

La fragilidad en el adulto mayor tiene graves consecuencias para la salud y la calidad de vida de los afectados y de sus cuidadores, ya que se asocia con:

  • Un mayor riesgo de dependencia funcional, que implica la necesidad de ayuda para realizar las actividades básicas o instrumentales de la vida diaria, como el aseo, el vestido, la alimentación, la movilidad, las compras o el manejo del dinero.
  • Un mayor riesgo de discapacidad, que implica la limitación o la imposibilidad de realizar las actividades habituales, como el trabajo, el ocio, la participación social o la autonomía personal.
  • Un mayor riesgo de enfermedades crónicas, que implican la presencia de una o más patologías que requieren un seguimiento médico continuo, como la diabetes, la hipertensión, la artrosis, el Parkinson o el Alzheimer.
  • Un mayor riesgo de hospitalización, que implica la necesidad de ingresar en un centro sanitario por una causa médica o quirúrgica, como una infección, una fractura, una descompensación o una cirugía.
  • Un mayor riesgo de institucionalización, que implica la necesidad de residir en un centro geriátrico por una causa social o de salud, como la falta de apoyo familiar, la soledad, la pobreza o la dependencia severa.
  • Un mayor riesgo de mortalidad, que implica la probabilidad de fallecer en un periodo determinado, como un año, un mes o un día.

La prevención de la fragilidad en el adulto mayor es posible y deseable, ya que se trata de un proceso dinámico y reversible, que se puede retrasar o revertir con intervenciones adecuadas. La prevención de la fragilidad se basa en los siguientes pilares:

  • La detección precoz, que consiste en identificar a los adultos mayores que presentan signos de fragilidad o que tienen factores de riesgo, mediante la aplicación de escalas, cuestionarios o pruebas sencillas, como el test de Fried, el índice de Barthel, el Mini-Mental o el test de Timed Up and Go.
  • La evaluación integral, que consiste en valorar los diferentes aspectos que influyen en la fragilidad, como el estado físico, mental, emocional, social y ambiental, mediante la realización de una historia clínica, una exploración física, unas pruebas complementarias y una valoración geriátrica integral.
  • La intervención multidimensional, que consiste en implementar medidas que aborden los diferentes factores que contribuyen a la fragilidad, como la nutrición, el ejercicio, la medicación, las enfermedades, la depresión, el aislamiento o la seguridad, mediante la aplicación de programas individualizados, multidisciplinares y basados en la evidencia.
  • El seguimiento continuo, que consiste en monitorizar la evolución de los adultos mayores con fragilidad o riesgo de fragilidad, mediante la realización de visitas periódicas, la medición de indicadores de resultado, la adaptación de las intervenciones y la coordinación de los servicios de salud.

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